Una breve historia de cómo buscamos el rendimiento óptimo
Durante mucho tiempo pareció que debía existir un estado mental ideal para competir. El problema es que las grandes actuaciones no siempre se viven igual. Algunas parecen fluir sin esfuerzo; otras exigen estar muy presente, ajustar la atención y pelear cada decisión.
La historia de la U invertida, la teoría de la catástrofe, el flow, el clutch y el modelo MAP permite seguir cómo fue cambiando la pregunta. No son cinco nombres para lo mismo, sino distintas formas de acercarse a un fenómeno bastante menos ordenado de lo que nos gustaría.
La U invertida: encontrar el punto justo
Una de las primeras explicaciones relacionaba el rendimiento con el nivel de activación. La idea resulta intuitiva: con muy poca activación podemos encontrarnos lentos, distraídos o sin energía. Al aumentar, el rendimiento mejora. Pero, si seguimos subiendo el volumen, llega un momento en el que la tensión empieza a interferir.
Ni dormidos ni pasados de vueltas.
Aunque suele presentarse como una ley del rendimiento deportivo, su origen es bastante menos épico. En 1908, Robert Yerkes y John Dodson estudiaron cómo la intensidad de un estímulo influía en el aprendizaje de una discriminación en ratones. Además, observaron que la dificultad de la tarea modificaba el resultado.
La U invertida centraba la pregunta en una especie de regulador de volumen: ¿cuánta activación favorece el rendimiento? Sin embargo, presentaba un problema: cuando se supera el supuesto punto óptimo, el rendimiento no siempre empeora de manera gradual. A veces se desploma.
La teoría de la catástrofe: cuando la caída no es gradual
En 1988, John Fazey y Lew Hardy propusieron el modelo de la catástrofe para explicar por qué, bajo determinadas condiciones, el rendimiento puede caer de forma repentina.
El nombre suena más dramático de lo necesario. No habla de una catástrofe personal, sino de un cambio brusco en el funcionamiento. El modelo introduce la interacción entre dos elementos: la activación fisiológica —frecuencia cardiaca, respiración o tensión muscular— y la ansiedad cognitiva —preocupación por fallar, dudas o miedo a la evaluación—.
La teoría complicó así la imagen anterior. Ya no bastaba con preguntar cuánto se había activado el deportista. También importaba qué estaba pensando mientras esa activación aumentaba.
Aun así, la explicación seguía girando principalmente alrededor de la ansiedad y la activación. El flow desplazó el foco hacia otra relación.
Flow: no basta con estar activado
En la década de 1970, Mihály Csíkszentmihályi empezó a estudiar experiencias en las que una persona quedaba completamente absorbida por lo que estaba haciendo. La acción parecía avanzar con continuidad, la atención permanecía en el presente y disminuía la preocupación por uno mismo o por el paso del tiempo.
A esa experiencia la llamó flow. El concepto incorporó algo que los modelos anteriores no recogían: la relación entre el desafío que percibimos y las habilidades que creemos tener para afrontarlo.
En la representación más conocida del modelo, el flow se sitúa cuando tanto el desafío como la habilidad percibida son altos. Si el desafío parece superar nuestros recursos, puede aparecer ansiedad. Si nos sentimos muy capaces pero la tarea apenas nos exige, aburrimiento. Y si tanto el reto como la habilidad implicada son bajos, puede aparecer la apatía.
Hablamos de percepciones. La tarea no tiene que cambiar para que cambie nuestra experiencia de ella. El flow desplazó así la pregunta hacia cómo cuadra lo que esta situación me exige con lo que siento que puedo hacer.
Esta idea también orientó la intervención: no se puede ordenar a alguien que entre en flow, pero sí diseñar condiciones que lo favorezcan. Ajustar progresivamente la dificultad, proponer objetivos claros y cercanos, ofrecer información rápida sobre lo que está ocurriendo y actualizar el reto conforme aumenta la habilidad ayudan a sostener ese equilibrio. El objetivo no es solo rendir; el disfrute y la calidad de la experiencia forman parte del propio concepto.
En el deporte, esta experiencia se relacionó con «estar en la zona». Pero había algo que no acababa de cuadrar: no todas las actuaciones excelentes se sienten fluidas.
Clutch: poner el foco en lo deliberado
Pensemos en un momento decisivo: queda poco tiempo, el resultado importa y el deportista sabe exactamente qué necesita hacer. Puede rendir de manera excelente sin perder la noción del tiempo ni sentir que todo está ocurriendo solo. Percibe la presión, aumenta su esfuerzo y dirige deliberadamente la atención hacia lo relevante.
Para describir esta experiencia se empezó a utilizar el concepto de clutch. Mientras el flow suele asociarse con «dejar que ocurra», el clutch se parece más a «hacer que ocurra».
Su interés no está en descubrir que esforzarse puede ayudar. El clutch pone el foco en la regulación deliberada: cómo se organizan la atención, la activación, el esfuerzo y los pensamientos cuando el momento aprieta. Pueden aparecer objetivos muy concretos y autoinstrucciones breves, mientras las habilidades bien aprendidas continúan ejecutándose de manera automática.
A diferencia del flow, aquí el disfrute o la calidad agradable de las sensaciones no ocupan el centro. El interés está en intervenir durante la propia actuación para responder a una demanda inmediata y sostener el rendimiento cuando el resultado importa.
Flow
«Dejar que ocurra»
- La acción se percibe fluida o automática.
- La atención parece requerir poco esfuerzo.
- Los pensamientos críticos pierden protagonismo.
- La experiencia resulta gratificante en sí misma.
Clutch
«Hacer que ocurra»
- Hay un resultado concreto y cercano en juego.
- La concentración es completa y deliberada.
- La activación y el esfuerzo se perciben intensos.
- La atención permanece orientada a la tarea.
El clutch no sustituye al flow ni es una versión menos elegante. Añade otra forma de comprender el rendimiento y recuerda que la regulación consciente también puede ser funcional. La cuestión que queda abierta es cómo alternar ambas formas sin aferrarnos a ninguna.
MAP: la flexibilidad entre intervenir y soltar
El modelo Multi-Action Plan —MAP— ordena el problema de otra manera. No clasifica exactamente experiencias como el flow o el clutch, sino que cruza la calidad del rendimiento con el grado de monitorización o control consciente de la acción.
Automático
La ejecución resulta fluida, eficiente y requiere poca intervención consciente.
«Me sale solo»Deliberadamente regulado
Hay esfuerzo y atención consciente, pero dirigidos a componentes esenciales de la acción.
«Me cuesta, pero lo hago»Desconectado
La atención se dispersa y falta una regulación útil de la ejecución.
«No estoy realmente aquí»Sobrecontrolado
El exceso de comprobación interfiere con habilidades que ya estaban aprendidas.
«Estoy intentando hacerlo demasiado bien»El Tipo 1 no es exactamente flow, ni el Tipo 2 es exactamente clutch. Se parecen: el primero comparte fluidez y automaticidad; el segundo, esfuerzo y focalización deliberada. Pero MAP clasifica el funcionamiento de la acción, mientras que flow y clutch describen experiencias psicológicas más amplias.
Lo más interesante del modelo no es decidir qué tipo es mejor, sino pensar en la flexibilidad. A veces conviene intervenir: detectar que algo ha cambiado, seleccionar la información importante y orientar la atención. Otras veces toca soltar y permitir que una habilidad automatizada funcione sin examinar cada movimiento.
La diferencia entre los Tipos 2 y 3 ayuda a verlo. En ambos hay control consciente. En el Tipo 2, la atención se dirige a componentes relevantes y sostiene la acción. En el Tipo 3, se convierte en comprobación excesiva y empieza a interferir. No sobra conciencia: sobra una forma de control que ha dejado de ayudar.
La flexibilidad no consiste en elegir entre controlar o fluir para siempre, sino en advertir qué necesita la acción y poder cambiar de registro.
De buscar el estado perfecto a aprender a cambiar
Estos modelos no forman una secuencia en la que uno demuestra que todos los anteriores estaban equivocados. Cada uno enfoca una parte distinta del rendimiento.
La U invertida se preguntaba cuánto nivel de activación podía ayudarnos o perjudicarnos. La teoría de la catástrofe introdujo su interacción con la ansiedad cognitiva. El flow incorporó la relación entre el desafío y la habilidad percibidos. El clutch puso el foco en la regulación deliberada cuando el momento exige responder. MAP añadió que tanto la automaticidad como el control consciente pueden resultar funcionales o dejar de serlo.
Quizá la evolución más interesante no sea haber encontrado por fin el estado psicológico perfecto, sino haber dejado de buscar uno solo. Rendir bien también implica desarrollar la flexibilidad para intervenir cuando hace falta y soltar cuando controlar de más empieza a estorbar.
Pero el rendimiento no depende únicamente de la activación, el control consciente o la flexibilidad para cambiar de registro. El contexto también puede favorecerlo o dificultarlo. Por eso es importante contar con un profesional de la psicología deportiva capaz de mirar más allá del estado mental del momento y comprender a la persona dentro de las condiciones en las que actúa.
Fuentes seleccionadas
- Yerkes, R. M. y Dodson, J. D. (1908). The relation of strength of stimulus to rapidity of habit-formation. Journal of Comparative Neurology and Psychology, 18, 459–482.
- Fazey, J. y Hardy, L. (1988). The inverted-U hypothesis: A catastrophe for sport psychology? BASS Monograph 1.
- Hardy, L. y Parfitt, G. (1991). A catastrophe model of anxiety and performance. British Journal of Psychology, 82(2), 163–178.
- Moneta, G. B. y Csíkszentmihályi, M. (1996). The effect of perceived challenges and skills on the quality of subjective experience. Journal of Personality, 64(2), 275–310.
- Jackson, S. A. (1996). Toward a conceptual understanding of the flow experience in elite athletes. Research Quarterly for Exercise and Sport, 67(1), 76–90.
- Swann, C. y colaboradores (2017). Psychological States Underlying Excellent Performance in Sport: Toward an Integrated Model of Flow and Clutch States. Journal of Applied Sport Psychology, 29(4), 375–401.
- Bortoli, L., Bertollo, M., Hanin, Y. y Robazza, C. (2012). Striving for excellence: A multi-action plan intervention model for shooters. Psychology of Sport and Exercise, 13(5), 693–701.